domingo 13 de diciembre de 2009

Zanahoria rallada

El conejo consiguió trabajo como repartidor de zanahorias a domicilio. La dueña del negocio, una ardilla merquera, no quería conejos trabajando en su local, temiendo que empiece un tráfico de zanahorias paralelo. Pero este conejo, con esa cara de pobre rabbit, era incapaz de planear un fin de semana.
Llevando un pedido al hueco de un sauce, donde habitaban una familia de conejos de la high, conoció a la Coneja Adriana, y como era lógico, se enamoró. Ella no lo registra, tiene las orejas apuntando en otra dirección. Vive soñando secretamente con acostarse con una osa que vive cerca del río. Cada vez que sale a pasear en familia y ve a la Osa Bernarda tomar sol boca arriba, empieza a sentir un cosquilleo en el pompón trasero. Sabe, de todas formas, que la familia Sauce Arriaga no toleraría jamás esa relación.
El conejo repartidor no sufre. Con verla a Adriana cada vez que le alcanza su canasta semanal, es feliz. No aspira a otra cosa.
La noche en que fue interceptado por un grupo de zorros que le desbarataron la canasta y le robaron la poca propina que había juntado, el conejo quedó golpeado y dormido cerca de la cueva de la Osa Bernarda. Despertó a su lado, recostado sobre un colchón de hojas bien acomodadas. La Osa Bernarda le preparó un desayuno rico en proteínas. Le curó una herida detrás de la oreja y lo invitó a quedarse con ella hasta que se sintiera mejor.
La ardilla merquera mandó a un grupo de cóndores a realizar la búsqueda del conejo desaparecido. Cuando encontraron el rastro dejado y llegaron a la puerta de la cueva, la Osa Bernarda, con gruñidos y manotazos, los espantó a todos. "Que nadie lo joda", dijo. El conejo repartidor, más por miedo que por convicción, le agradeció por la ayuda. Vivieron juntos, hibernaron juntos, jugaron juntos.
Frente a ellos siempre pasaba la Coneja Adriana, que miraba al conejo ex repartidor, con sus ojos rojos llenos de ira. Pero el conejo la observaba con una sonrisa de dos dientes, eternamente enamorado, dormido en la esperanza de lo que sabía no iba a pasar. Bernarda, a todo esto, ni enterada. No se caracterizaba por ser observadora, mucho menos sentimental. Amaba al ex repartidor más como a un hijo que otra cosa, aunque cojían como conejos.
Adriana golpeó la puerta del local. La ardilla merquera la recibió en su despacho. Planearon.
Al otro día, bien tempran, cuando la Osa Bernarda dormía como oso, los dos, sigilosos, raptaron al conejo ex repartidor, y prontamente, ex conejo. Lo ataron contra un árbol y lo torturaron. La ardilla merquera le pidió que le devuelva las zanahorias desaparecidas. La Coneja Adriana le pedía consejos para conquistar a la Osa Bernarda. Pero el conejo, con cara de pobre rabbit, asustado como nunca en su vida, no hacía más que llorar. Le empezaron a tirar coquitos, y el pobre murió de un paro cardíaco. Lo abrieron al medio. La ardilla merquera se quedó con la carne, para hacerse un buen asado. La Coneja Adriana se quedó con su piel, se disfrazó de él y se fue a la cueva a descansar al lado de la Osa Bernarda, hasta esperar que despierte.

lunes 7 de diciembre de 2009

Para abajo se crece

El gigante que crecía para abajo,
contaba el otro día,
que harto de ver crecer las flores
se mudó a un departamento en el centro.

Los vecinos le hicieron piquete,
le cortaron el agua,
le rompieron el ascensor
y le gritaban de todo.

El gigante que crecía para abajo
sufrió una gran depresión
para la que contrató
a los más expertos psiquiatras.

Ahora toma pastillas para todo,
mañana, tarde y noche,
se fue a Ezeiza a ver despegar aviones
mientras flashea que el cielo se parte.

El gigante duerme ahora en uno
de los galpones del aeropuerto.
Se pone de alarma a una azafata
y sueña con un vuelo interno.

miércoles 2 de diciembre de 2009

Húmedo y crudo

Aproximadamente una palabra
cada medio segundo.
Y la pileta del baño que rebalsa.
Un miedo tremendo al par de medias.
La resaca dura un día. O una semana.
Crecen tus uñas, crece tu pelo.
Te vas a mirar el techo desde tu cama,
a contar las vueltas del ventilador.
Se enredan las sombras.

Puedo contar medio segundo
entre palabra y palabra.
Ahogar las medias en la bacha.
Ese par que colgaba de la soga.
Crece la lágrima, se secan las ganas.
Te pasa el agua por encima.
El aire del verano afiebra las sábanas.

Las palabras pegadas una tras la otra.
Poner el despertador una hora más tarde.
Patear al aire. Patear el agua.
Porque la sonrisa...
Convertir el par en dos y dejarte la cabeza en otra parte.
Tachá lo que no corresponda
para que salga. Que salga.

lunes 23 de noviembre de 2009

Experimento verbal

-¿Qué hacés, mostro?
-Asusto.

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Mientras te lavabas los dientes en el espejo, el reflejo te miraba con ánimo desesperanzador. Mañana de lunes, qué le ibamos a hacer. El despertador seguía sonando en la pieza, porque se repite cada cinco minutos a menos que le destrabes la trabita de atrás. ¡Esos pelos! Humedad sin piedad. A peinarse con peine y voluntad furiosa. ¿Cómo arreglar esa cara tan temprano? Te calzaste el jean y afinaste tu silueta con el cinturón. Café calieeeeenteeeeee quema la lengua y puteás, pero bajito, que sirve igual.
Afuera no llueve. Pero no hace calor, pero no sale el sol, pero no corre aire. Está pesado. Y caminas lento pero apurado. El diariero te saluda, porque le encanta hacer de cuenta que te conoce y recordarte de alguna forma que no se olvida de tu cara, por ende no se olvida de que le estás debiendo dos pesos de la revista Barcelona que compraste el mes pasado. Pero como te da la cara para mirarlo, sonreírle y seguir caminando, todo sigue como antes.

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Trabajar en un bar está bueno. Si pudieses consumir algo de todo lo que vendes sin tener que pagarlo. Pero tener que pasearte con medialunas toda la mañana y nisiquiera obtener un mínimo descuento es un tremendo garrón. Lo siento mucho. Realmente. Porque además, si tuvieras un mínimo descuento iría más seguido a comer ahí y de paso te saludo. Pero es tan caro. No me alcanza más que para el café solo. Literalmente solo, porque ni vos te sentás un ratito conmigo. Por eso no te visito tan seguido. Tenés suerte de que te llevas bien con los otros mozos. Y con la única moza. Se nota que se llevan bien. Soportan juntos la intensa mañana de Buenos Aires, con las delineadas cara de ojete de los porteños oficinistas. Fah. Que laburo ese. ¿De qué trabajas? De soportar cosas de la ciudad. Ja. Cuando pueda paso a visitarte.

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Saliste de trabajar como media hora más tarde. Pasaste a buscarme como media hora más tarde. Hablamos como media hora menos. Me fui a trabajar puntual. En esa media hora que nos faltó creo que me tocaba hablar a mi. No tenía mucho que decir. Y me fui. Porque si no llegaba puntual me iban a mirar mal toda la tarde. Entre el encargado forrro y la enanita tarada se iban a encargar de cagarme la tarde. Qué puteador estoy. Debo estar descargando.

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Tenía que decirte, en realidad. Muchas cosas que no alcanzan en media hora. Pero tampoco te las iba a decir. Porque no me pasan de los labios. Te juro que llegan a la boca, se disuelve en la saliva y las trago. Pff. Asco. Porque saben a asco esas palabras. Para eso no te las digo. Porque vos tenés suficiente con la mañana de pelos impeinables, con el despertador de sonido eterno y con los ciudadanos porteños. Pensé en hacerte un regalo sorpresa. Pagarle al diariero los dos pesos que le debes. Pero vas a salir con tu espíritu anti-capitalista a cagarme a pedos. Sigo puteando. Mañana a la tarde paso por lo de tu hermana a llevarle los tachos de pintura. Si tenés ganas pasá y tomamos unos mates. Porque solo con tu hermana no me puedo quedar mucho porque se pone nerviosa al no saber de qué hablar. Por mi nos quedamos callados mirando el techo.

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Cambio de planes. Tu hermana no está mañana, así que le dejo los tachos a tus viejos. Ahí no creo que quieras ir. Ellos me adoran igual. Así que si no te molesta me quedo tomando unos mates. Odio los lunes.

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¿Lo leíste? Por favor. Despertarse con esa noticia no da. Pobre pibe. Ahora me da cosa tomarme un taxi. Uno no quiere desconfiar de todo el mundo, pero viste como es. Tampoco quiero tomarme un taxi y que me pase algo y después que todos digan "¿no viste las noticias?". Si, las vi. Pero no las tragué. Las vi. Si, ya se que no tiene nada que ver. Llamala a la flaca después, o a la familia. Solidarizate. Decile que cualquier cosa que necesiten las vamos a ayudar.

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Te cambiaste en el vestuario rapidísimo. Cuando yo llegué ya estabas casi listo. Tan mal no habías jugado. Me saludaste sin entusiasmo y te fuiste caminando rápido. Llegaste a tu casa y pusiste un dvd de esos que a mi no me gustan, una peli de terror gore. Sangre, sangre, sangre. Creo que por ahí largás todo tu lado oscuro. Dicen eso. Que uno tiene un lado claro, otro oscuro. Y a veces se maneja con uno y a veces con otro. Mi lado oscuro sale cuando me enojo. Ahí agarrate. Después vuelve la claridad. Tormenta tormenta rayos relámpagos tormenta... luego el sol y el cielo celeste transparante. Te fuiste a dormir temprano porque al otro día era lunes de mierda otra vez. Sabés que es así. O hacés que es así.

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Te quedaste medio dormido, por suerte el despertador suena y suena y suena a menos que destrabes la traba esa que tiene atrás y que nunca destrabás. Apenas pudiste acomodarte la cara para parecer normal y saliste corriendo. El diariero no te saludó y ni te diste cuenta. Llegaste rápido al bar y ahí los mozos. Todos con cara de lunes. Seguro esta tarde paso y te pido un café solo.

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-¿Qué hacés, máquina?
-Trabajo

miércoles 11 de noviembre de 2009

En el aire

-Usabamos cassete virgen, de los de sesenta minutos.
-¿Cassete? No te puedo creer.
-Si, el compac era una joya en esa época. Tenías compac pero para escuchar, no para grabar.
-Claro.
-Ahí grababamos una especie de programa de radio. Muy trucho. Yo era la conductora, Marcos el locutor que hacía los anuncios y Meli era la invitada. O la que llamaba por teléfono. Cortábamos a cada rato porque nos tentábamos por cualquier cosa. Sinceramente no se que era lo que nos hacía reír tanto. Como que nos poníamos nerviosas.
-¿Y de qué hablaban?
-La invitada era casi siempre una cantante de centroamérica. Y le preguntaba por su familia, sus hijos. Y sino, la que llamaba por teléfono halagaba la voz del locutor. Marco se ponía colorado, el boludo. Yo me hacía la celosa. Como siempre que le dicen algo a Marco.
-Lo se. Lo viví en carne propia.
-Bueno, mi hermanito.
-Qué lástima que no se pueden escuchar.
-¿Los cassetes?
-Si.
-Si se puede. Esperame que los busco.
-¿Los tenés? Me muero.
-Si. Están acá en la biblioteca.
-Marco nunca me dijo una palabra. Capaz que ni se acuerda. Los varones, cuando les conviene, no se acuerdan.
-Están en esta caja. Es un lío. Fotos, postales, souvenirs... ¡acá!
-¡Son un montón!
-Teníamos tiempo al pedo. Espero que el minicomponente los agarre.
-Cuidado. Porque el mío andaba medio flojo y me cagó un par de cassetes de Serrat.
-Ahí agarra. Shh.
...fue increíble. A menos de dos días de haber sido asaltada en su casa de Mar de Ajó, Silvana Del Moro fue brutalmente golpeada por unos ladrones en la esquina del teatro donde trabaja, en plena capital porteña. Para asombro de...
-
Pero...
-Esa soy yo.
-Esa es la radio.
-No boluda, soy yo. Andá a saber de dónde saqué eso.
-El cassete no está girando y ahí en la pantalla aparece el número del dial. No me tomes el pelo.
-Shh. Esperá que lo adelanto a ver si aparece Marco.
-Le estás cambiando el dial, no soy tarada.
-...todo igual? Es el derecho que tiene todo ciudadano a circular libremente.
-¿Sabe usted el motivo de la marcha?
-Según tengo entendido están pidiendo un aumento, o reclamando un pago atrasado. Pero lo que pasa acá es que se ponen al pueblo en contra. Porque a mi ahora en vez de importarme lo que piden me importa llegar a mi casa y me dan ganas de que no les den nada. Porque no es la forma. Que hagan una marcha como la constitución manda y me dejen tranquilo como ciudadano.
-
Qué graciosa Meli. Me había olvidado de esto.
-¿Y qué responsabilidad le cabe al gobierno?
-No se. Pero parece que no les interesa nada. Que pongan límites. Porque acá terminamos matándonos entre todos. Yo también tengo derechos. Me siento secuestrado. No puedo llegar al trabajo.
-
Andá a saber de donde sacó eso Meli. Esperá que adelanto así escuchamos a Marco.
-Basta. No me causa gracia.
-Dale boba, si es un segundito.
-No me gusta.
-¿Y a qué número puedo llamar Gonzalito?
-Al 0601-4770.
-Contestá nuestra consigna y participás del sorteo por la orden de compras en Abasto Shopping. Apurate a llamar o mandar mensajitos al asterisco 666. ¿Con qué seguimos Gonzalito?
-Algo que dudo que te interese Andrea, el resumen sobre la fecha futbolística del fin de semana.
-
Este Marco, siempre igual.
-Si. Dejá.
-No, quiero escuchar este otro. Creo que era tipo un programa de música.
-Ya fue Aldi, mejor tomamos unos mates.
-Esperá. Así después tenen de qué forma amenazar a Marco. Le decís que vas a hacer conocidos estos cassetes.
-Claro.
-A ver si este agarra.
-...sin moverte de tu casa. Es ágil y cómodo. A la hora de pagar las facturas, bank on line, es la solución.
-Qué nombre más malo que le poníamos a los productos. Que suerte que no estudié publicidad después.
-Llevas a los chicos al colegio, te la pasás haciendo mandados, volvés a casa destruida y no te queda fuerza para más. Letinium Pro es la nueva propuesta de Lácteos Rayo de Sol para que termines el día con la misma energía que lo empezaste. Tomate uno a la mañana, otro a la tarde y otro a la noche, y disfrutá la vida como se debe.
-
Decime si tenemos que envidiarle algo a las radios de ahora.
-No claro, nada.
-Qué barato nos divertíamos.
-Si. Vamos a tomar mate, dale.
-Esperá, ese es Marco...
-Dos pibes de quince años asaltaron a una panadería, redujeron al personal, se llevaron la plata ¡y se llevaron una tarta de coco! Insólito. Nuevamente los adolescentes chorros en la mira. Tenemos un móvil en el lugar del hecho para comunicarnos con la dueña de la panadería. Te escuchamos... te escuchamos por favor. El móvil parece que no está funcionando. ¿Hola? ... Te escuch... ¡dale Meli! ¡Hablá! ¡Te toca!
-Pfffffjaaaaaa estoy tentada.

domingo 1 de noviembre de 2009

Visitas nocturnas

Le está poniendo un parche a un jogging. Cose. Se pincha un par de veces, no usa dedal. Pero tiene dedal en el costurero. El bebé llora desde el cochecito. Por el olor, se sabe, se hizo caca. Habría que cambiarle el pañal. Pero primero terminar con el parche. Otro pequeño pinchazo. Ruido de llaves. Alguien entra a la casa murmura un saludo y pasa directamente a la habitación. Baja la persiana y se tira en la cama vestido. Vestido para dormir.

Después de cambiarle los pañales el bebé no parece tan molesto. Sentado en el piso de cerámicos juega con un librito para colorear. Lo abre, lo cierra, lo tira. Lo pinta y se pasa de la raya. Ella puso el agua en la pava y espera al lado que no llegue a hervir. Se escucha un celular en la pieza. El dormido lo atiende y habla. Habla dormido. Cuelga. El agua ya está y ella prepara los mates.

El dormido se levanta completamente despeinado y va al baño. Pisa un crayón en el camino. El bebé está masticando una masita con sus dos únicos dientes mientras se ríe de unos dibujos que ve en la tele. Son tres bichos que viajan en una nave espacial multicolor. Ella se terminó la pava y mira por la ventana. Las nubes están grises.

A la hora de la cena están los tres sentados alrededor de la mesa. El bebé en su sillita alta, toma su leche del vasito con tapita. El dormido, que sigue dormido, mira en la tele el resumen de los partidos. Ella se concentra en su sanguche de milanesa. Suena el teléfono. El de la casa. Los tres se miran. El dormido apaga la tele y se va corriendo a la habitación. Ella se quita la pollera y se pone el jogging con el parche. El bebé se baja de la sillita alta y se acerca al inalámbrico. Atiende. Habla poco. Si, si, aham, claro. Corta. "Están por llegar".

Suena el timbre. Se escucha un trueno y las primeras gotas que caen. Suena el timbre de nuevo. Ella va a atender. Entra el intendente junto a dos policías armados. Camina hacia el comedor. Observa el costurero y da una orden para que los policías lo revisen. Encuentran un dedal. Miran la mano de ella, con los índices marcados por los pinchazos con la aguja. El intendente la toma por el cuello y la empuja contra la pared. Afuera el viento se escucha más fuerte cada vez. Los policías le apuntan a ella, que se muerde los labios para no hablar. No piensa decir nada. El intendente le pega una trompada. De la pieza, desesperado, sale el dormido, más despierto que nunca. Ataca por la espalda a uno de los policías obligándolo a tirar el arma. El otro policía está a punto de dispararle cuando el televisor se enciende solo y los tres bichitos que viajan a por el espacio empiezan a cantar a todo volumen. El policía se altera y dispara al televisor asustado. El intendente toma el arma que está en el piso y apunta al dormido. "¿Dónde está?". El dormido saca un pedazo de sandwich de milanesa del bolsillo y empieza a comerlo, esperando su final. El intendente dispara. El dormido cae. Del techo empieza a caer una gota. Se filtra. Uno de los policías corre hacia el pasillo. Tropieza al pisar el pañal que estaba en el piso y cae. El intendente y el otro policía van detrás y ven una puerta en el fondo. Se acercan lentamente. Atrás, sin hacer ruido, los sigue ella, caminando de rodillas. Ellos casi al lado de la puerta, caminan más despacio. Ella lanza un alfiler a la pierna del policía, que cae pegando un grito de horror. El intendente se da vuelta y sin dudarlo dispara sobre la frente de ella. La mira con goce macabro. La puerta se abre detrás de él, y en la silla alta, el bebé. "Los estaba esperando".

Afuera la lluvia empieza a calmarse.

martes 27 de octubre de 2009

Hombrecito en blanco

Se que se está por poner en verde, pero cruzo igual. Corro el último pedazo de asfalto hasta llegar a la vereda. Y de a poco vuelvo a mi ritmo de caminata. Que es bastante rápido de por sí. Camino, camino. Paso por una librería y sin detenerme ojeo los libros que están en la vidriera. Camino. A paso veloz. Atrás mi socia, con sus piernas cortas intenta alcanzarme. Sosteniéndo su carterita que se le cae del hombro. Me pide que la espere, que camine más lento. Otra vez a cruzar. El semáforo no está a mi favor, pero no viene nadie y cruzo. Estoy caminando un poco más rápido que de costumbre. Ella me vuelve a gritar preocupada desde atrás. Quiere saber a dónde voy. Llego a la otra esquina. Avenida y los autos pasan por las dos manos a alta velocidad. Espero. No, no espero. Me quedo parado. Pero no espero. Porque no estoy esperando nada. Llega mi socia, me mira y busca en su cartera. Me da un pañuelo para que me seque los ojos húmedos. Me quiere abrazar. No la dejo. Hombrecito en blanco y cruzamos. Hombrecito en blanco. Mientras cruzo pienso en que soy un poco hombrecito en blanco. Tengo toda una avenida para cruzar y pensar que soy un cacho de carne, con bastante vacío. Me duele el pecho. Llegamos a la vereda y sigue el paso rápido. Mi socia taconea avergonzada. Pensando que la gente nos mira. La gente no nos ve. Ojalá nos vieran, socia, ojalá alguien nos viera. Vuelvo a cruzar una calle más tranquila. No corro. Pero parece que huyo. Mi socia me sigue. Parece que mi socia me sigue. Pero también huye. A mitad de cuadra me detengo. Me siento agitado. Me apoyo contra la pared y me dejo caer hasta sentarme sobre las baldozas cuadriculadas. Llega ella y se agacha, me pone las manos en la cara y me mira. Me besa la frente con fiebre. Vuelvo a llorar un poco más, para desahogar el pecho. Pasan segundos. Mi socia se termina sentando junto a mi. Saco un cigarrillo. Me da fuego. Fumamos. Mi camisa algo desabrochada, recién ahora me doy cuenta. Mi camisa arrugada, desaliñada. Mi camisa blanca. La camisa blanca del hombrecito en blanco. La socia que me abraza para no dejar que me sienta tan solo. Ella se siente en blanco a veces. Pero no quiere pensar en eso. Pasan minutos. Me pregunta si quiero volver. Me incita a que volvamos. Que nos están esperando, deben de preguntarse por qué nos fuimos así. Yo me fui. La socia me siguió. Y por eso se fue. Quiero seguir yéndome. Necesito caminar más. Cruzar unas calles más. Sentir un poco del viento y del sol. Caminar rápido. Que si caen lágrimas se vayan para atrás, que se confundan con el sudor. Pero no volver. No ahora. Hombrecito en blanco va a seguir caminando, socia. Hombrecito en blanco sigue avanzando para allá. Que no se si es adelante. Es otra dirección. La socia no sabe si acompañarme. Mira hacia atrás el camino que hicimos y se le hace un nudo en la panza. Socia, yo me voy. Socia se queda sentada y saca un pucho. Se va a quedar ahí un rato más. Hombrecito en blanco la despide y vuelve a avanzar. Camino, camino. Hasta que llego a una plaza y me desvío por la diagonal.

domingo 25 de octubre de 2009

No ruido

Algo me estaba haciendo ruido. Ahora hace música.
Música de vientos.

jueves 22 de octubre de 2009

Dulce navidad

-Y para ti, un curucuchlito de cebolla.
-Gracias Santa. Es un regalo muy importante, recompensa de lo bien que me he portado este año. He ayudado a la abuela a cocinar sus almuerzos. También he ayudado a papá con las tareas de la casa. Madre me pide que le lave el coche todos los meses, y entusiasmado lleno los baldes con jabón el último domingo. A tío Henry lo visito en el hospital muy seguido. Llevo libros para leerle a pesar de su estado vegetativo. El doctor dice que a él le hace muy bien oír mi voz. A tía Lucy acompaño los sábados a vender ropa al mercado. Ella la confecciona y yo la ayudo con la costuras mas pequeñas. No le hablo de tío Henry para no perturbarla, ya que ella lo considera muerto. He prometido no confesarle que él sobrevivió a la embestida que ella le dio con su camioneta. En la escuela estoy comportándome correctamente. No solo he mejorado mis notas con respecto al año anterior, sino que mi conducta es aplaudida por mis superiores. Quizás me haga cargo de un curso el año próximo. Si bien por mi edad no es algo que se pueda hacer legalmente, la directora ha realizado una solicitada al Ministerio de Educación para que pueda ocupar ese puesto. Contamos con el apoyo del Municipio local, ya que la semana pasada me han otorgado una medalla por mi labor con los Bomberos Voluntarios de esta zona y tienen un muy buen concepto sobre mi. La familia que rescaté del incendio me ha regalado un pastel. ¡Si lo hubieras visto! Deberías haber estado aquí para probarlo. Crema y chocolate, como a mi me gusta. No pude probarlo, ya que, como había prometido, lo doné a una agrupación nativa del norte del país que está luchando por recuperar sus tierras. Junto a otras...
-¿Donaste el regalo?
-Simbólicamente... pues el pastel no era muy grande...
-Y seguramente donarás este regalo también ¿verdad? Niño, no he venido desde el Polo Norte para entregarte un presente que luego tu entregarás a cualquiera. Devuélveme el curucuchlito.
-Aquí tiene. Lamento que...
-Encima me has hecho perder valiosos minutos. A ver, ¿dónde está tu hermana? Oh, eres tu. Hola niña, para tí un gormofio de plástico. Y no hagas como tu hermano o ni siquiera los Reyes Magos se acercarán a esta casa.

Dulce navidad (ahora sí, dulce)

-Y para ti, un curucuchlito de cebolla.
-Gracias Santa. Es un regalo muy importante, recompensa de lo bien que me he portado este año. He ayudado a la abuela a cocinar sus almuerzos. También he ayudado a papá con las tareas de la casa. Madre me pide que (...) como había prometido, lo doné a una agrupación nativa del norte del país que está luchando por recuperar sus tierras. Junto a otras...
-Espera niño, ya no continúes tu relato.
-¿Qué sucede?
-Te has portado tan bien, que el curucuchlito de cebolla nada significa al lado de tus obras.
-Gracias, pero de todas formas yo no...
-Quizás pueda darte algo más. Veré que tengo en el trineo.
-No hace falta Santa, de veras. Este presente tiene mucho valor. Quizás prefieras entregarle su regalo a mi hermana. Ella había pedido un gormofio.
-Nada encuentro aquí. Nada que pueda equivaler a todo el bien que has hecho. Pero, espera. Ahora que lo pienso, no es lo material lo que puede equiparar tus actos. Ven aquí niño. Acércate. No temas. No te haré daño frente a tu familia.

Se besan profundamente.

-Ven a vivir conmigo.
-No puedo Santa. No puedo. Tengo muchas cosas que hacer aún. Mi misión no está cumplida.
-Por favor te lo pido. Te llevaré en mi trineo a recorrer el mundo. Luego vendrás a mi casa en el Polo Norte, prepararé chocolate caliente. Te contaré historias todos los días. Jugarás con los juguetes que los duendes confeccionan.
-Basta. Creo que has confundido mis intenciones. Todo lo que he realizado no ha sido para impresionarte. Pienso quedarme aquí para continuar ayudando. Bajo el anonimato si es necesario. O haciéndome conocer por todo el mundo, si es eso lo que sirve. Pero jamás abandonaré este camino. No lo haré ni por todos los juguetes del mundo Santa.
-Pendejo.
-Por favor, continúa con los regalos.
-No lo haré. Te dejo la bolsa. Te dejo el trineo y los renos. Saldré a caminar por Nueva York, bajo la nieve. Si me buscas, sabrás dónde encontrarme.

viernes 16 de octubre de 2009

Tu invento

Creo a veces que soy tu invento, tu creación.
Pensado en tu cabeza y tallado a tus manos.
Tu invento entero.

Moldeado cada músculo.
Modificado con una mirada. Sostengo errores de fábrica. A veces creo.
Único modelo. Materia prima con viejos cuentos.

A veces creo que soy tu invento, pura idea tuya. Calentado con tu aliento.
Con cables pelados que se pueden arreglar.
Haciendo carne tu pensamiento.

lunes 10 de agosto de 2009

Otros tantos que no soy

Esperando encontrar una moneda entre las sábanas para poder comprarme cigarrillos, terminé encontrando un pasaje hasta Misiones. Tuve que ir, por eso de que el tren de las oportunidades no pasa dos veces. Cuando llegué busqué un hotel y encontré como cien. Decidí pasar una noche en cada uno, anotándome con nombres diferentes. Luis, Alejandro, Diego, Marco, Leo, Paco, Ramiro, Franco. Y siempre el mismo apellido: Fontana.
Ayer llamaron a casa y atendió mi esposa. "Equivocado" dijo. Cuando cortó me miró a los ojos. Dejé de untar la tostada con la mermelada de damasco. Apoyé el cuchillo sobre el mantel. "Preguntaron por Mariano Fontana". Tomé una servilleta de papel y me limpié la punta de los dedos que estaban un poco pegoteados. Se sentó frente a mí. "¿Me vas a explicar de una buena vez qué está pasando?". La miré fijo y puse mis ojos de pajarito que según la historia de nuestra pareja debían generar un poco de compasión en ella. Su boca cada vez más chica y las cejas serias me mostraban una cara implacable. Ésta vez parecía que iba a tener que decirle la verdad. O pensar una buena excusa rápidamente. Desde que había vuelto de Misiones que llamaban para preguntar por un Fontana distinto cada día. Siempre lograba esquivar la situación de alguna forma, a veces un poco de música servía. Pero el grabador estaba en lo del técnico porque se había dañado el láser. Tomé la tostada y me comí un bocado, dándome energía nutritiva por un lado, y tiempo esencial por el otro. Mi mujer no se inmutaba. Estaba petrificada delante mío, con su mentón sobre la mano y el codo que le seguía, apoyado en la mesa. Por un momento creí que estaba congelada realmente. Como si estuviese leyendo mi mente pestañeó. Tragué el cacho de tostada y damasco. Ni bien intenté hacer el movimiento para tomar la taza que estaba en la mesa ella me detuvo con un "Dejate de joder, che. Decime qué está pasando".
Recuerdo ahora que en el colectivo hacia Misiones me senté junto a una mujer muy mayor. Ella se bajó en Corrientes, no se bien en qué ciudad. En el camino me había contado de sus nietos, de sus nietas y de su bisnieto. Mientras me contaba con lujo de detalles la historia del nombre de cada uno, yo pensaba en cómo sería envejecer. En si me vería igual que mi viejo, o si tendría un poco más de suerte. Me imaginaba con problemas de espaldas, aunque sin inconvenientes para alzar a mis nietos. Siempre me imagino con nietos. Pensaba en diferentes cenas familiares con chicos corriendo por todos lados. Al lado mío, en cada imagen, estaba una mujer distinta. Una era ella, obviamente, mi esposa. En otra, la viejita que estaba al lado era Mariela, la noviecita anterior. A veces aparecía una mujer indescifrable, de cara enigmática. Quizás hecha de retazos de varias otras. Nunca era la misma. Nunca estaba solo. Seguía pensando en cómo envejecería. Y en dónde. El departamento parecía ser una posibilidad poco probable. A veces me imaginaba la casita en la costa, o una bien antigua como la de mis abuelos. Para cuando la anciana me estaba contando cómo había sido el parto del bisnieto yo ya había proyectado cientos de futuros diferentes. Cientos de futuros yoes que no iban a existir. Tirado en la cama de una de las habitaciones de uno de los hoteles (donde me llamaba Fernando) pensé que al volver debía hablar seriamente con mi hermano y decirle que ya no quería seguir trabajando en la ferretería de papá. Claro que todavía no me animé. Aunque no es que no me animé, es que no se si realmente quiero. Debe ser un capricho nomás. Ganas de cambiar porque no puedo cambiar más.
Mi esposa me sigue mirando fijo pidiéndome una explicación. Yo que no puedo articular muchas palabras en mi cabeza decido empezar a hablar. "Ese viaje a Misiones. ¿Te acordás?". Asiente, seria. "Una noche salí a tomar algo, a un bar", toda mentira tenía un poco de realidad, "y ahí conocí a un tipo que me dijo que podía conseguirme contactos para generar un convenio con unas ferreterías de Capital Federal que...". Efectivamente la palabra "ferretería" conseguiría mi objetivo de disuadir a mi mujer de querer seguir sabiendo sobre el tema. Resopló, se levantó y se fue murmurando "tanta historia para eso". Me quedé con mis tostadas con mermelada de damasco y pensé en comprar una de frutilla hoy. Nunca comí mermelada de frutilla creo.
Hoy obviamente volví a comprar la de durazno. Porque de frutilla no había. En realidad había una, pero no se si era rica porque la marca esa no la conozco. La próxima me fijo bien.
En uno de los hoteles de los que me fui sin pagar había conocido a una pareja de mexicanos que estaba de paseo por Argentina. Habían recorrido todo el sur y ahora querían conocer las cataratas. Creo que ella era mayor que él, y cuando él se reía de algo ella lo miraba con ternura. Se llevaban bien. Cuando los miraba recordaba como eran los primeros días con Mariela. O con mi esposa actual. Pero estos mexicanos estaban juntos desde hacía tiempo. Ahora me acuerdo, lo gracioso era que se llamaban Guillermo y Guillermina. Como si estuviesen hechos el uno para el otro. De todos modos, odiaban ese parecido ya que al grito de "Guille" ambos se daban vuelta. Eran una linda pareja. Se reían bastante.
Recién, hace unos minutos, llamé por teléfono a una amiga. No recuerdo bien por qué la llamé. Fue más bien un impulso. Me atendió y le dije que la llamaba para pedirle el número de otro amigo. Pero no la llamé por eso. "Qué casualidad" me dijo ella entre risas. Me pasó el número. Y me dijo que lo curioso era que me quería llamar. Pero que no sabía si llamarme o no. Que esa misma tarde había ido a su negocio un tipo igual a mí Que, obviamente, pensó que era yo. Que pasó el papelón de su vida, que lo saludó con confianza y el tipo nada que ver. Que no sabes lo parecido que era. Que cuando el tipo le paga con la tarjeta se quedó asombrada. Que mira en la tarjeta y que si bien el tipo tenía otro nombre, Raúl, tenía mi mismo apellido. Que se quedó re sorprendida. Que le hizo el comentario al tipo pero a él no le hizo mucha gracia. "¿Y qué te compró?". No se acordaba. "Bueno, debe ser un familiar perdido." Un gemelo malvado dijo ella como una broma tímida. "Gracias por pasarme el número". No, de nada. Ah, sí, se acordó de lo que había comprado. Era un saquito de lana para el nieto, que cumplía un año. Un abuelito cuarentón el Raúl Fontana.

miércoles 29 de julio de 2009

Polvos

No pensaba en bajar del coche. Le temblaban las manos que, aún con el auto apagado, estaban sobre el volante. Pensó en su respiración para concentrarse. El aire que entra por la nariz, que pasa por su cuerpo, que limpia su interior y sale por la boca.
Se llevó otra masita a la boca y asintió a su empleada con un gesto de aprobación. Los bocaditos dulces estaban aprobados. No le molestaba estar más preocupada porque el servicio estuviera correcto que por la persona que estaba siendo velada. Le molestaba que la gente se diera cuenta.
El mozo se acercó a la mesa y Manu le entregó el billete de cincuenta diciéndole que se quede con el vuelto. Mica no tenía ganas de quedarse allí por el olor a carne asada. Detestaba sentirse mal cuando salían a comer, pero no podía evitarlo. Manu la entendió y por eso se puso de pie en seguida y tomó su abrigo.
Con la frazada hasta el cuello y la mirada en el techo. En la tele no había nada y el sueño parecía haber desaparecido en esa siesta. Recordar que debía levantarse a las siete no ayudaba a cansarse. Vero revisaba con la vista el estante. Buscaba discos intentando creer que entre tanto punk, rock, heavy, podía encontrar algo que la ayudara un poco. Ni cerca de un arrorró.
Se había dormido contra el volante. Se despertó ya de día, asustado. Se observó en el espejo retrovisor los ojos lagañados. Bajó del auto sin debatirlo en su cabeza y observó la sangre en el paragolpes. Observó a los costados de la ruta y la ausencia de cualquier tipo de humano lo tranquilizó. Aprovechó para llorar.
Todos lloraban en la habitación del cajón, y también en el living. Pero en las otras habitaciones todo estaba tranquilo. En la cocina las charlas eran mucho más amenas, completamente ajenas a lo que los reunía a todos allí. Pero Elba no podía dejar de pensar en que el café debía saber riquísimo y que todos debían probar las palmeritas. Hasta que llegaron los D´alessandro con la corona de flores.
Mica le corrió la mano sin sutilezas y le dijo ahora no. Él insistió. La había tratado como una reina todo ese tiempo pero ella parecía no querer rendirse ante él. Seguían caminando y Manu la abrazaba con fuerza, apretándola contra su cuerpo. Cuando Mica vio que estaban cerca del edificio se tranquilizó. Cuando Manu notó lo mismo, la empujó contra una pared, tapándole con una mano la boca y con la otra sosteniendo sus muñecas.
Se abrazó a Pety, la muñeca que le habían regalado de chica, y rezó para que le alcanzara un poco de sueño. Las pastillas no habían funcionado y necesitaba dormirse de una buena vez. No sabía si el deseo se le estaba cumpliendo y mágicamente había caído en la pesadez entregándose al mundo onírico, o si verdaderamente la mano de la muñeca le estaba acariciando la cabeza.
Haber pasado la noche durmiendo sobre el volante de su auto, sumado al estrés de recordar el accidente, hacían que en su cabeza retumbara un zumbido. Volvió por la ruta, retomando el camino por el que se había desviado la noche anterior. Se le ocurrían varias excusas para crear al llegar a su casa. Pero a la vez sabía que ninguno de sus compañeros de hogar se había preocupado en lo más mínimo por él. Frenó instintivamente al llegar al lugar del hecho.
No había lugar. ¿Cómo les iba a decir que no había lugar para colocar la corona? Ya está. Ya lo había dicho. Los D´alessandro disimularon el enojo y dejaron la corona en el patio de atrás. Todos miraban con asombro la situación. Elba se odió por un instante. No podía haber olvidado ese detalle. Sentía como el murmullo general crecía en sus oídos y percibía que el comentario general era que no podía ser tan bruta de haberse olvidado de comprarle una corona al pobre tipo.
No era ningún pobre tipo. Había intentado abusarla a media cuadra del departamento. Pero Mica no podía dejar de sentirse culpable. "Por suerte pasaban esos chicos por ahí" dijo el padre ante los micrófonos de unos medios "Yo también lo hubiera cagado a trompadas a ese pendejo". Mica sentía una incomprensible culpa.
Sentía una comprensible culpa. El perro seguía ahí echado. Con la sangre seca entre sus pelos. No quería bajar del coche cuando ya lo había hecho. Dudaba de envolverlo en un diario y colocarlo en el baúl. Ya estaba lejos. Bajó nuevamente del auto, abrió el baúl y sacó al perro. No lo enterró. Con dejarlo entre esos matorrales le alcanzó. No sabe aún si por cobardía o por qué, le quitó el collar y lo guardó en la guantera.
La noche ya había sido larga. Pero todos temían irse. Verla a Elba sentada en la escalera, completamente destrozada, sin poder detener el torrente de lágrimas, había conmovido a todos. Jamás la habían visto tan angustiada. Pero claro, no se está preparado para ver a alguien tan cercano seco en un cajón. Elba moqueaba de sólo pensar que los brownies se le habían quemado mientras llamaba por teléfono para conseguir una corona más grande que la de los D´alessandro.
Mica fue a la casa de sus padres a darse un baño. Su padre no podía parar de putear. Ella se metió en su pieza y las vio a Vero y a Pety abrazadas en la cama, con los ojos cerrados. Sin hacer ruido se eligió una remera, un pantalón y ropa interior. Necesitaba darse un baño para quitarse la noche tensa de encima. Todavía sentía el olor a carne asada en la ropa, en la piel. "No tenés la culpa Mica. Después vení a dormir conmigo" se escuchó desde la cama. "Está bien Pety, me baño y voy".