martes, 9 de octubre de 2007

Los abrojos de Miguel - Capítulo Dos -

En una esquina un cartel luminoso. Las ramas tapaban un poco las letras de HOTEL, pero se podía distinguir de todas maneras. Dos escalones pequeños y Miguel ya estaba caminando por el pasillo hacia la recepción. Miró la luz amarilla que iluminaba el pasillo desde el techo. Todo el tiempo parecía que estaba por apagarse. Detrás del mostrador un chico, Mariano, con una camisa marrón, dejó el autodefinido que estaba resolviendo al lado de la guía telefónica. Miró a Miguel con una mueca de amabilidad, y él le pidió una habitación. De debajo del mostrador Mariano sacó una carpeta. De adentro de la carpeta sacó un manojo de hojas amarillas y rosas, de las cuales eligió una (amarilla) y se la entregó a Miguel.
Mientras completaba con sus datos (algunos ciertos, otros innecesariamente mentidos), Miguel recordó que a ese hotel había ido con una chica jovencita, quizá de la misma edad que el muchacho que lo estaba atendiendo. En la cama de la habitación del fondo del segundo piso había ubicado su mano de la forma más desubicada en el cuerpo de la chica. Con sus labios había tapado cualquier posibilidad de aullido, y mientras le acariciaba el pelo le contagiaba su respiración agitada. Ella también lo disfrutaba. Con sus quejidos que no eran llanto, con sus miradas invitando al ágape. Y se habían dormido separados. Cada uno en un rincón de la cama, con las sábanas enredadas en las piernas y con la boca que apestaba de olor a cigarrillo. Había sido en ese hotel, y no había sido mucho tiempo atrás.
Con la llave de la habitación 31 subió hasta el tercer piso por el ascensor. Uno de esos que imitan los ruidos de los trenes. Y a través del cual podía ver los pasillos vacíos de cada piso. Nadie parecía andar por ese hotel esa noche. Un martes donde el sueño parecía haberse a poderado de la ciudad. Una noche donde Ema seguía llorando con la cabeza aplastada en la mesa de vidrio. Una habitación con las paredes empapeladas por una persona fanática del mal gusto.
Miguel se echó en la cama. Por un segundo pensó en Ema. Pero al instante también pensó en la chica con la que se había acostado en una habitación muy similar a la que estaba ocupando. Y se dio cuenta que las dos le importaban muy poco. Se sintió un hijodeputa. Pero no podía evitarlo.

4 comentarios:

alguien al pedo dijo...

que vacío cubren estas anotaciones sin sentido? pq todo el mundo se cree especial y con algo que decir ?

Jorge dijo...

Al del comentario anterior le quiero decir que: no solo abubububububu

Anónimo dijo...

hermoso escrito.leo siempre tu blog, me encanta.
¡saludos!

Mauro dijo...

Jjajajjaaj me rei mucho.. nunca habia pasado Ariel!! jajaja