miércoles, 8 de octubre de 2008

Cosa de chicos

Era una princesa que le gustaba jugar a las bolitas con los pibes del barrio. La reina se indignaba con ella cada vez que volvía con el vestido enchastrado con agua sucia. Pero la pequeña Porcelana no quería dejar de visitar a sus amiguitos o, como ella les decía, "lo´ chico´ del rioba". Se divertía contando chistes verdes y haciendo ring raje en castillos ajenos.
"Por suerte el padre se la pasa de barco en barco y no se entera, quesinó", decía la reina a sus amigas cuando se juntaban a observar joyas.
Porcelana se había encariñado de una forma particular con uno de los chicos, apodado Tajo. Él era hijo de un lechero muy popular. Todos en la comarca querían al lechero, porque decían que llevaba suerte a cada casa por donde pasaba. Algunos hombres aseguraban haberse curado de hernias de disco gracias a él. Muchas mujeres afirmaban haber quedado embarazadas el mismo día que el lechero había pasado por su puerta (lo cual, si bien alimentaba rumores peligrosos, nunca se tomaba para el lado de los tomates).
Tajo y Porcelana jugaban al Verdad-Consecuencia cada vez que se encontraban a solas. Las prendas variaban desde tomarse un vaso de whisky hasta bailar la macarena. Las preguntas siempre rondaban sobre temas tabú para la época: sexo, muerte y rock n´roll. A la princesa se le dibujaba una sonrisa cada vez que Tajo hablaba de las cosas que había hecho con alguna noviecita que había tenido. Le entrenía el relato de esas travesuras y alimentaba su imaginación con cada historia.
"Yo la encerraría en la habitación, pero tengo miedo de perder la llave", comentaba la reina a sus sirvientes cuando notaba que Porcelana se había escapado nuevamente.
El rey era el famoso Decálogo, un hombre crecido en la más alta alcurnia y con actitudes bastante amaneradas, que no impedían que no le temblara el pulso a la hora de mandar a matar a alguien. Tenía bigote rubio y era pelado. Pero utilizaba una peluca de rulos que le sentaba bastante bien.
Porcelana no hablaba de su familia. A su padre apenas lo recordaba, su madre era "una histérica insatisfecha" (Porcelana´s dixit) y sus hermanitos menores eran dos niños que apuntaban a ser dos papanatas.
Un día Decálogo volvió para quedarse. Sus viajes en barco ya no le traían alegría, muchos marineros habían muerto y el resto no eran de su gusto. Ya estaba bastante entrado en años como para seguir su travesía y eligió retornar a su castillo para educar a sus hijos.
La reina estaba chocha. Los dos niños se hacían los desinteresados. Porcelana se quería ahorcar con un alambre de púas. Para ella era el fin de sus travesuras. Sabía que su padre le prohibiría escaparse del castillo.
Las primeras noches aguantó. Se acostaba temprano y se clavaba un par de pastillas para dormir profundo. Pero ni bien empezaba el día, observaba por la ventana el camino que atravesaba el bosque y la alcanzaba a la ciudad. Sus ansias de escape eran cada vez más grande, pero conocía el riesgo que eso le presentaba. Decálogo había estado enseñando a los dos niños distintas artes marciales, con dos fines: proteger el reino y proteger a su hermana. Tenían encomendado no dejar entrar a ningún hombre desconocido al castillo, a menos que ese hombre ofreciera una buena oferta. Y también debían controlar que Porcelana nunca saliera del castillo.
"Ahora la nena se la pasa bordando. Todavía le sale medio feo, pero ya va a aprender", escribía la reina en su diario íntimo.
No habían pasado ni dos meses cuando Porcelana le preguntó a sus hermanos si la acompañaban al bosque. Ambos, que ya estaban convirtiéndose en importantes papanatas, aceptaron la propuesta y le hicieron compañía por el camino. La princesa llevaba consigo una canasta y simulaba recoger frutos mientras paseaban. Los papanatas se distraían facilmente al ver mariposas o ardillas. Se reían como bobos mientras corrían un panadero. Porcelana los invitó a descansar al costado del camino y sacó de su canasta un jarro con bolitas. Les propueso un juego a ambos. Ellos cerraban los ojos y ella escondía las bolitas entre los árboles. Luego ambos abrían los ojos y debían encontrarlas. Ni bien terminó de hablar, los hermanos cerraron los ojos entusiasmados. Porcelana se mordió el labio inferior con lástima. Se alejó rápidamente con la canasta y las bolitas a la ciudad. Tajo la estaba esperando.
Había anochecido y ninguno de sus hijos regresaba. Decálogo envió a sus mejores soldados a registrar en el bosque. Volvieron minutos más tarde con el par de papanatas que aún continuaba con los ojos cerrados. Ni se molestó en castigarlos, ya tenían demasiado con ser como eran.
"Los rumores dicen que se andaba con el hijo del lechero, pero yo nunca creí en los rumores", explicaba la reina a su marido entre llantos y verguenza.
En la ciudad, Tajo y Porcelana jugaban al Dígalo Con Mímica despreocupándose por lo que sucedía alrededor. A veces alguien se acercaba a él y le advertía que estaba en peligro. Tajo subía un hombro, lo bajaba, y le agregaba cara de quemeimporta.
Hasta que alguien mandó a envenenar a las vacas. Y así las vacas dieron leche envenenada. Y así la leche mató a muchos ciudadanos. Y así el lechero se convirtió en mufa. Y así el pueblo le exigió su partida.
El rey esperaba nervioso alguna respuesta de sus mensajeros. La reina mandaba a lavar la corona para tenerla impecable el día que volviera. Los hermanos chocaban sus cabezas entre sí.
El lechero le dijo a Tajo que se tenían que ir de la ciudad. Tajo le dijo a Porcelana que se tenían que ir de la ciudad. Porcelana le dijo a Tajo que ella se iba con él. Tajo le dijo al lechero que Porcelana huiría con ellos. El lechero le dijo a Tajo que ni lo pensara.
Porcelana y Tajo se despidieron jugando junto al resto de sus amigos al Matasapo. No pararon de reírse toda la tarde. En el momento de la despedida nadie lloró. Se abrazaron como siempre, se desearon suerte. Y cada uno se fue por su lado. Tajo ayudó a su padre a subir las cosas al flete. Porcelana volvió por el camino, a través del bosque. Cuando llegó al castillo escuchó los gritos del padre y las amenazas de la madre. La encerraron en su cuarto. Se tiró en la cama. Sacó una bolita del bolsillo y se empezó a reír.

2 comentarios:

El Profe dijo...

Una historia mezcla de ternura y cálida comedia, me encantó.
¡Saludos!

Baterflai dijo...

Moraleja: los que perpetúan las diferencias, mayormente jamás entienden nada.